lunes, 7 de octubre de 2013

Promesas y decepciones

Darwin Machis fue la revelación del torneo venezolano hace poco más de un año. Su talento emergió con goles en la Copa Venezuela y un notable Clausura 2012. Los scouts del Udinese vieron a la joya en ciernes y pusieron una oferta que Mineros aceptó de inmediato. El destino del jugador no ha sido el esperado: cedido al Granada, hoy pelea por ganar minutos y continuidad en el equipo filial. La historia, por repetida, invita a la reflexión. 

Antes siquiera de madurar completamente en el fútbol de primera división, Caracas vendió al Young Boys de Suiza a Josef Martínez y Alexander González, dos de las más valiosas crías de su cantera generosa. El dúo marchó a Europa todavía en fase de formación, pero con un rodaje de liga local, partidos internacionales y proceso de selección que les permitió sobrevivir a la poda darwiniana. El club que los adquirió apenas les concedió posibilidades, pero el préstamo a cuadros menores derivó en el establecimiento deseado, con ingentes beneficios para la Vinotinto adulta. 

La estructura de los equipos criollos –o la falta de ella– es la base sobre la que se fundamenta el éxito o el fracaso de estas aventuras. También el tiempo en el que se toman estas decisiones, fruto de la ansiedad de representantes y futbolistas en busca de los dineros copiosos de ultramar. A esto hay que sumar el hambre del vendedor, generalmente ansioso de capitales frescos que no acaban en canchas o ciudades deportivas sino en fichajes y sueños faraónicos. 

Después del sonoro éxito del cuadro juvenil que clasificó al Mundial de Egipto en 2009, varios de sus integrantes aprovecharon la vitrina y fueron traspasados a conjuntos del extranjero. Ya Salomón Rondón pertenecía a Las Palmas, de la segunda división española, pero algunos de sus compañeros apenas irrumpían en la alta exigencia. La mayoría optó por dar el salto antes de acabar de macerarse. Así salieron Rafa Romo, José Manuel Velásquez, Rafael Acosta, Ángelo Peña o Pablo Camacho. El sino de casi todos fue volver al país y, en casos como el de Peña, retomar la oportunidad de triunfar en el exterior después de acumular minutos de rigor competitivo con camisetas locales. 

A Renny Vega le ocurrió un tanto de lo mismo cuando fue transferido al Udinese todavía en edad adolescente. El arquero debió regresar a Venezuela para construir una carrera que lo cimentó como el titular en la selección. 

Con Yohandry Orozco se está repitiendo el mismo escenario: su venta al Wolfsburgo fue una celebrada noticia después de su brillante Suramericano Juvenil en Perú, pero dos años estancado en Alemania, sin posibilidades de progresión, le obligaron a desandar el camino para defender los colores del Táchira y ganarse un lugar en las últimas citaciones de César Farías. Orozco creció en Unión Atlético Maracaibo y, al momento de su traspaso ya como ficha del Zulia, apenas acumulaba rodaje formativo. El presente invita a pensar que volverá a Europa con mejores herramientas para consolidarse. 

Hay un aprendizaje, casi siempre empírico, que lleva a elaborar mejores decisiones que acaban siendo trascendentes para transformar escenarios futuros. De momento, dos nombres asoman como posibles embajadores en condiciones idóneas para dar el paso que consolide su desarrollo: Rómulo Otero y Robert Hernández. La evolución futura de la selección dependerá, en buena medida, de cómo sean gestionados los procesos de crecimiento de las figuras emergentes.

* Columna publicada en el diario El Nacional (07/10/2013)