lunes, 5 de abril de 2010

El gusto por la belleza


Barsa y Arsenal se medirán mañana en esta ciudad por los cuartos de final de la Liga de Campeones. Será el choque de vuelta de la serie entre dos equipos que defienden valores comunes, apegados a un estilo en el que la estética y la eficacia cohabitan en armoniosa convivencia. La semana pasada, en el Emirates Stadium de Londres, hubo momentos de juego excelso y emociones que generaron el consenso global, al menos por una vez, respecto a lo que se entiende por jugar bien. Tras esa puesta en escena, hubo poco margen para debatir sobre la eterna dicotomía entre ganar y ofrecer un espectáculo que llene los ojos tanto de adeptos como de antagonistas.
Días antes del duelo en la capital inglesa, Arsène Wenger –el entrenador francés que produjo una revolución en el Arsenal desde su llegada en 1996– ofrecía unas declaraciones al diario británico The Independent que recogían la esencia de su ideario. “Un gran club debe tener la ambición de ganar con estilo”, proclamaba Wenger con convicción. A lo que añadió: “Un famoso dicho defiende que la única forma de estar en paz contigo mismo es si transformas cada minuto de tu vida en arte. Y el fútbol es arte”.
Con ese estilo Wenger pudo construir un conjunto sólido, con títulos para mostrar y señas de identidad reconocibles allá donde la tecnología traslade la señal televisiva de los gunners. Y en defensa de esos conceptos se ganó también la credibilidad del medio en el que labora después de haber sido menospreciado incluso por algunos de sus antiguos referentes. El técnico galo transformó al cuadro londinense, de tradiciones más bien pendencieras, en una referencia universal y modificó, al tiempo, el paladar de sus seguidores. Una vez más, la búsqueda de la belleza obró el milagro.
Es el camino que en su momento eligió Johan Cruyff cuando se hizo cargo del Barsa a finales de los 80. Y que Pep Guardiola, antiguo jugador suyo y actual preparador azulgrana, llevó al cenit de la perfección. La piel común en estos estrategas, su afán artístico en un entorno que exalta el negocio y la productividad, representa una alternativa que dota al fútbol de elementos estéticos capaces de tocar la sensibilidad del espectador y despertar reacciones disímiles a la pasión básica de quien se fideliza con unos colores.
De allí el valor que tiene el éxito de estas dos propuestas. La elección de esta forma de interpretar el juego es la más dificultosa, pero también la más noble. Se puede optar y alcanzar trascendencia por otros caminos, no siempre en las antípodas del arte, y eso tampoco lo hace despreciable. Sin embargo, en cada caso, subyace un propósito específico y se genera también una respuesta distinta de parte de quien lo recibe sentado en una grada o frente al televisor.
¿Ocurre de una manera diferente en otro tipo de expresiones? Una película puede ser un suceso de recaudación en taquilla con una escasa motivación estética en su discurso. Y revisar la lista de los best sellers en las librerías también puede ofrecer argumentos similares. Pero no son los únicos escenarios posibles, ni la belleza está condenada, en todos los casos, a complacer mercados minoritarios y sibaritas. Cuando se produce la simbiosis y el buen arte deriva en suceso comercial, hay un público agradecido que valora la forma aunque ignore el riesgo de quien eligió una vía ajena a las manidas fórmulas efectistas.  
Mañana, en el Camp Nou, habrá nuevos motivos para reivindicarlo. Barsa y Arsenal paralizarán el planeta con su fútbol atildado y de buen gusto, que masifica esa belleza de la que Arsène Wenger es un cultor y Pep Guardiola un obseso. Será una velada para volver a romper la lógica del sistema y darle el día libre a los estereotipos.